Chile, sin duda alguna, es
un país de montañas como pocos. Su angosta y variada geografía
está definida y singularizada de Arica a Tierrra del Fuego,
por esa larga columna vertebral que nace allá en el extremo
superior del Continente Sudaméricano, en zonas de clima tropical
y vegetación exhuberante; eleva sus nevados y volcanes hacia
alturas insospechadas en el árido y tórrido norte de nuestro
territorio y después de mostrarnos su cambiante fisonomía,
el gris y verde de su cuerpo rocoso y selvas impenetrables
con el blanco y azul turquesa de glaciares, lagos y lagunas
donde espejan, orgullosas, hermosas cumbres, se debilita.
A medida que avanzamos hacia
el extremo austral del continente sus inmensos macizos y afiladas
cumbres se empequeñecen, las líneas se curvan y suavizan transformando
aquella abrupta mole andina - barrera infranqueable para los
vientos que soplan del Pacífico - en suaves colinas invadidas
por las aguas del Océano Pacífico Austral en su vertiente
occidental que se disipan, hacia el Este, en las inmensas
y estériles estepas patagónicas.
Sin embargo, antes que nuestra
Cordillera de Los Andes se sumerja, agónica, en las aguas
del Estrecho de Magallanes y dar posteriormente breves e importantes
señales de vida en la Antártica, intenta su última defensa
lanzando hacia el cielo, sorpresivamente, en la Región de
Magallanes las catedrales y torres de magmático granito junto
a la gama completa de verdes y azules, de bosques y lagunas
que configuran su marco, dan un atractivo e ineludibles interés
para los amantes de la naturaleza y, en especial, para los
andinistas.
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